El pintor de los tres colores

Alfonso Araquistain, vasco afincado en Tenerife, en su exposición en el Círculo de Amistad. / SERGIO MÉNDEZ

Alfonso Araquistain, vasco afincado en Tenerife, en su exposición en el Círculo de Amistad. / SERGIO MÉNDEZ

J. F. J. | Santa Cruz de Tenerife

El tono, la saturación y la luminosidad son aspectos que sobresalen en las creaciones de Alfonso Araquistain, un bilbaíno afincado en Tenerife que, tras poner fin a su etapa profesional como ingeniero industrial, vive la jubilación entregado a su gran pasión: la pintura al óleo.

Estos días expone en el Círculo de Amistad XII de Enero de Santa Cruz una treintena de las obras que ha realizado en los últimos tres años. Cuadros de mediano formato, entre los que hay bodegones, marinas, abstractos y muchos paisajes, tantos de las Islas como de su tierra de origen, el País Vasco. Araquistain se mueve cómodamente entre el impresionismo y el postimpresionismo, y siempre desde un mismo punto de partida, la utilización de una paleta de mínimos, con solo los tres colores primarios (rojo, azul y amarillo).

“Esto lo aprendí de mi maestro Isidro Ortiz de Villalba, muy conocido en el País Vasco y fallecido el año pasado. Siempre me decía que de esta mezcla se sacan los colores más bellos que se pueden conseguir”. “Prescindo muchas veces de las formas para centrarme en el color. Mi objetivo es que los cuadros causen la mejor sensación posible. Por eso le doy tanta importancia al color y a la composición, y no tanto a las formas”, añade.

Su residencia en Canarias, reconoce, ha tenido mucho que ver en esta apuesta por los pigmentos variados y vivos. “Vengo del norte de la Península y allí se pinta con tonalidades más grises, en consonancia con aquel entorno y naturaleza. Aquí he encontrado mucho más el color, que es extraordinario. Al principio es difícil adaptarse y esto ha desembocado en una mezcla curiosa de mi forma de pintar”. La fórmula de trabajo de Alfonso Araquistain es casi siempre la misma. Cámara en mano, sale en busca de la escena a pintar. Luego lleva la imagen al ordenador, donde realiza mil pruebas con el Photoshop hasta dar con la composición deseada. Se traslada entonces a su estudio casero, pone música y se sienta delante del lienzo en blanco. “Esto no es copiar. En cada cuadro uno pone el alma y se entrega a lo que siente en ese instante. De hecho, suelo trabajar con varias obras a la vez y, dependiendo de mi estado de ánimo, cojo una u otra”. Asegura el artista vasco que lo que menos le importa es el fin mercantilista de sus creaciones, ya que “yo pinto para mí”.

“Nunca he hecho nada por encargo, ni lo haré. Mi bienestar económico lo he hecho con mis años de profesión. Mi único objetivo ahora es pintar cada vez mejor, que haya más calidad que cantidad. Esa mi única presión”. Eso sí, después de 10 años dedicado de lleno al arte y varias exposiciones individuales a sus espaldas, tiene perfectamente establecido el perfil de los admiradores de sus obras. “Las de corte más moderno, los abstractos, se venden más entre la gente joven. Profesionales de empresas, de entre 30 y 40 años. En cambio, los cuadros más clásicos gustan más a la gente de una edad avanzada”.

Araquistain es consciente de que vivir de la pintura no es un camino fácil. Y menos si la técnica elegida es el óleo, ya que los materiales son más costosos. “Lo que vale la pintura por horas es mucho menos de lo que vale un fontanero”, lamenta. No se le olvidará, afirma, el ojo avizor que le transmitió Ortiz de Villalba cuando aún compaginaba los estudios de arte e ingeniería y dudaba a qué dedicarse: “Me dijo: Alfonso, pintas tan bien que podrías malvivir de esto”, recuerda y sonríe.