literatura >

Carmen Posadas: “Escribir es revelar para esconderse y esconderse para revelar”

carmen psada

Nació en Uruguay en 1953 pero vive desde los 12 años fuera de su país natal. Española de adopción, también vivió en Rusia, en Inglaterra y Argentina. Carmen Posadas es un peso pesado de la literatura iberoamericana pero, como suele suceder, su paseo no del todo voluntario por la prensa rosa de los 90 dificultó un poco las cosas. Consorte de Mariano Rubio, gobernador del Banco de España por aquellos tiempos, hasta entonces no era tan conocida por su oficio de escritora sino más bien por las fotos con Isabel Preysler y compañía. El escándalo de corrupción que afectó a su marido (que sin embargo parece insignificante ante los bárcenas y los ratos de la actualidad) le hizo conocer la realidad de las cloacas del politiqueo y, probablemente, la ayudó a desterrarse de ese mundo. Luego de la muerte de Mariano Rubio en 1999, la literatura y Carmen Posadas consolidaron su matrimonio. Autora de 13 novelas, 11 libros de literatura infantil, siete ensayos, varios guiones de cine y televisión, artículos y columnas, en 1998 ganó el premio Planeta por su novela Pequeñas infamias. Con la discreción y la elegancia rioplatense que la caracterizan, planea sin complejos y con mucha claridad por todos los temas que se van proponiendo sin hablar más de la cuenta. Es tímida y se nota. Es muy culta y se nota también. No hay vanidad ni postura, pero sí una sosegada distancia. Nada personal, concluyo. Solo algo que forma parte de la arquitectura propia de todos los uruguayos que conozco.

-Hablemos de las mujeres y los hombres en el mundo de la literatura. ¿No cree que sigue habiendo mucha desigualdad?

“Hay una gran contradicción, porque si miras las listas de libros más vendidos hay muchas mujeres. Sin embargo, al mirar las listas de premiados, el número de ellas baja de forma drástica. Por ejemplo el Premio Príncipe de Asturias o el Cervantes han recaído en contadas mujeres. En 2014 el Cervantes se lo dieron a Elena Poniatowska porque creo que pensaron que ya tenía cerca de 90 años y que era hora. Todavía quedan muchas batallas que ganar”.

-¿Cómo se lleva usted con los premios?

“Yo le tengo que agradecer mucho al premio Planeta porque significó un antes y un después en mi carrera. Antes de recibirlo estaba traducida a tres o cuatro idiomas y ahora estoy traducida a 23. Eso, evidentemente, se lo debo al premio. Creo que para un escritor cualquier reconocimiento es bueno porque esta es una profesión muy solitaria. Estás ahí metido en tu casa y nunca sabes si lo que estás haciendo gusta o no gusta, si va a tener éxito o no. Entonces está claro que los premios te dan un gran empujón”.

-Hace poco, hablando con un escritor, le preguntaba por qué creía él que había tan pocas mujeres que destacaran en el mundo del arte y él, sencillamente, me decía que no es que hubiera discriminación sino que no había…

[Se ríe] “¿Que no hay mujeres? Es increíble, es la típica excusa. Pero lamentablemente lo que me estás contando parte de un punto de vista bastante generalizado. Yo sé, por ejemplo, que en la Academia están intentando integrar mujeres y el primer argumento es ‘pero es que ninguna se lo merece’, lo que me lleva a preguntarme cuántos de ellos se lo merecen. Nosotras jugamos con una desventaja y es que cuando solo una es tonta, eso repercute en el resto de nosotras. Por ejemplo, en la política, una ministra mete la pata y los comentarios son del tipo ‘mujer tenía que ser’, sin embargo, si un ministro comete un error nadie le echa la culpa a los hombres… es él que es un imbécil, no el género masculino en su conjunto. Pero a nosotras nos pasa eso”.

-¿Y usted no es una candidata para ocupar un sillón en la Academia?

[Se ríe] “¿Yo? No entro en sus cánones. Definitivamente, no soy una opción para ellos”.

-¿Alguna clave en la educación de sus hijas para evitar que se reproduzcan estos patrones?

“Bueno, esa medallita sí me la voy a colgar, porque crié a dos mujeres con una educación que fomentó siempre la independencia. Para mi era fundamental que aprendieran a valerse por sí mismas, tanto como enseñarles a hablar inglés, por ejemplo”.

-¿Le costó integrarse al establishment literario español?

“Me costó mucho porque yo debo de ser la antítesis de lo que es ser una escritora. Ahora las cosas han cambiado un poco porque las hay de toda clase y condición, pero cuando yo empezaba en esto, el prototipo de mujer dedicada a la literatura usaba una falda de flores hasta el tobillo, botas camperas, gafas de vista, a ser posible nada de maquillaje, cero peluquería y prohibido hacerse las uñas. Y si no, por supuesto, eras una frívola”.

-Entonces ¿se complican las cosas especialmente si eres guapa y elegante?

“Es gracioso porque, precisamente, puntúa en contra. La gente piensa que tener buen aspecto y trabajar por él juega a tu favor, pero no es así. Hay una tendencia general a pensar que te publican por tu cara bonita. Durante mucho tiempo todo el mundo pensaba que yo tenía un negro. Daban por hecho que no podía escribir. De todas formas, te diré que fue de las cosas que más ilusión me hicieron porque después de todo no podían decir que escribía fatal. Así que si no escribía fatal, entonces era que tenía un negro… (risas). ¡Al menos pensaban que escribía bien! Yo me lo tomaba como un piropo indirecto…”.

-Tiene un estilo de escritura muy preciso, que avanza siempre muy rápido. ¿Corrige mucho?

“Sí, muchísimo. Escribo y corrijo y luego vuelvo a corregir otra vez. Y al finalizar, después de incontables correcciones, lo vuelvo a leer entero con una amiga con la que ya tenemos mucha práctica. Lo leemos en voz alta para medir el ritmo y además porque cuando lo lees de esa manera es realmente cuando las cosas que están mal empiezan a chirriar. Pienso cada palabra, nada lo libro al azar. Está todo muy pensado. Yo creo que cada vez más la literatura se parece a un spot publicitario, en el sentido de que en un spot nada es accesorio, todo es pertinente. Y en la literatura tiene que ser así también”.

-Y hablando de esto… ¿qué piensa de las series de televisión? ¿Ve alguna?

“Pues no, y tal vez sea un gran error, porque parece que allí es donde se está haciendo ahora la buena literatura… Eso sí, he visto un poco de Breaking Bad y puedo afirmar que es cierto, que la buena literatura se está haciendo en la pequeña pantalla. Pero no tengo tiempo para ver series”.

-¿Cómo llevó su época de prensa rosa? Protagonizó algunas que otras fotos del Hola, por ejemplo…

“Pues mal, lo llevaba muy mal. Para que te hagas una idea, esa época me costó un insomnio crónico que me dura hasta el día de hoy. Eso de estar en el punto de mira y en la atención de todos era para mi un martirio. Porque además no era una cosa que a mi me pareciera que valía la pena o que sirviera para algo. Nadie me sacaba fotos por lo que yo escribía sino por cómo iba vestida o con quién salía y eso me parecía deplorable. Hice un esfuerzo muy grande cuando murió Mariano por salirme del famoseo y terminé consiguiéndolo. A costa de no salir con nadie, de llevar una vida muy aburrida, los paparazzi se terminaron aburriendo”.

-Supongo que habrá descubierto mucha basura a su alrededor cuando ocurrió todo el episodio de Mariano Rubio.

“Sí, la gente se asombra porque yo lo defendí y permanecí a su lado, pero no creo que haya nada de qué asombrarse. Es muy fácil defender a alguien que quieres mucho, al que tienes confianza… Siempre he reconocido que Mariano cometió un error, él también lo reconoció, pero de ahí a afirmar las cosas que se dijeron, los verdaderos disparates que salieron publicados, hay un abismo. Y sí, mucha gente nos evitaba. Gente que ahora mismo, qué ironía, está metida hasta el fondo en el fango (se refiere probablemente a Rodrigo Rato, que una vez se fue apresuradamente de una tienda para no tener que saludarlos). Pero todo eso se lo llevó por delante, terminó acabando con él. Su caso de cáncer y su muerte cuatro años después es casi de libro…”.

-¿Siempre supo que quería escribir?

“Lo que yo sí era y sigo siendo es una insaciable lectora. He leído todo lo que se me ha puesto por delante. Tengo una especial afición por los clásicos. Me fascinan y no los dejo nunca de lado, los vuelvo a leer una y otra vez. Pero volviendo a lo de escribir, yo era una niña muy tímida, excesivamente. Prefería encerrarme en mi diario y llenarlo de lamentos. Era, además, el patito feo de la familia. Mis hermanas eran guapísimas y rubias, muy vistosas. Yo siempre estaba en segundo plano, así que me refugié en la escritura”.

-Pero decidió hacer las cosas de una manera tradicional…

“Sí, me casé por primera vez muy joven. Y no fui a la universidad más que un día, precisamente porque me casé”.

-Su primera boda fue algo novelesca.

“Si te refieres a que me casé en Rusia en la época de la Unión Soviética y que fui a llevar mi ramo a la tumba de Lenin, como hacían todas las novias rusas de la época, sí”.

-¿Y qué está leyendo ahora mismo?

“La historia de Santa Teresa de Jesús escrita por ella misma. Me sorprende lo divertida que era Santa Teresa. Es muy difícil que una persona inteligente no sea divertida”.

-Hablando de mujeres inteligentes, tiene un ensayo sobre la figura de Lilith (Las hijas de Lilith, escrito en colaboración con Sophie Courgeon)…

“Sí. Lilith sigue siendo muy desconocida. No hay que olvidar que las mujeres no somos hijas de Eva, somos hijas de Lilith, la verdadera primera mujer. Eva ha sido una gran impostura de la historia, una falsificación impuesta por los hombres para marcarnos un modelo de mujer sumisa, silenciada, encadenada. La primera compañera de Adán fue repudiada por querer comportarse con independencia, con iniciativa, por pensar en ella misma, en su propio placer, por querer compartir con su hombre en condiciones de igualdad”.

-Le he oído decir, en alguna entrevista, que era post-feminista. ¿Qué significa eso?

“Bueno, el feminismo al uso está ya muy obsoleto. Comprendo que en los comienzos de la lucha por la igualdad fuera necesario. Pero hemos traspasado ya ese límite. Lo que me aterra, últimamente, es ese regreso a lo mujeril. Esa vuelta a los taconazos, la vuelta a la mujer sumisa, en su casa, la pérdida de sus derechos, de su libertad. Me preocupa la dictadura de la lactancia materna, por ejemplo. Las mujeres que ahora deciden no amamantar o lo dejan por imposibilidad, son consideradas prácticamente brujas. Además, el machismo está creciendo mucho sobre todo entre los adolescentes. Hay un malentendido en la forma de percibir lo que significa ser mujer. Yo creo que las mujeres podemos usar nuestras armas con inteligencia, en nuestro propio beneficio”.

-Últimamente se está hablando mucho del erotismo en la literatura. Javier Marías, por ejemplo, opina que no da para mucho…

“Es muy fácil caer en el ridículo cuando escribes escenas eróticas o, por el contrario, quedar como que perteneces a la vieja escuela si no las escribes. Es un tema complicado. Este año, por ejemplo, se han elegido como las peores escenas eróticas en literatura las escritas por el escritor Philip Roth (imagínate, ¡nada más y nada menos que Philip Roth!) y el exprimer ministro Tony Blair describiendo una escena de cama con su mujer en una autobiografía. Hay que tener valor”. [risas].

-Se tiende a creer que los escritores siempre están revelando cosas de sus vidas íntimas en sus obras. Pero ¿la literatura revela o en realidad esconde?

“Es curioso lo que dices porque eso es exactamente lo que ocurre. Escribir es revelar para esconderse y esconderse para revelar. Un sutil juego que permite, al mismo tiempo, confesar lo inconfesable y ocultarse para poder ser lo más impúdico posible”.

-¿Cree que leer te hace ser mejor persona?

“Quedaría yo como los ángeles diciendo que sí pero la respuesta es no. Ahora hay una creencia muy extendida de que si uno lee libros o novelas de esas que los ingleses llaman feel good books (libros que te hacen sentir bien) se vuelve bueno. Mentira. No por leer una historia en la que sale un emigrante o un niño down o una mujer maltratada te redimes. La gente confunde la sensibilidad con la sensiblería. Tampoco la gran literatura nos hace mejores personas. Nadie se vuelve bueno por leer a Cervantes. Lo que sí logra la literatura es darnos criterio. Armas para discernir, para elegir, para separar el grano de la paja. Luego cada uno elige libremente su camino. Unos el bueno, otros el malo…”.

-¿Cuál es su relación con Uruguay?

“Mi hija está casada con un uruguayo y mi familia de todas formas siempre ha sido muy unida, así que los lazos son muy fuertes. Sin embargo mi relación con Uruguay es complicada porque los uruguayos viven el que te vayas del país casi como una traición. Si te vas, ellos te transforman en una extranjera. Fue una desilusión terrible darme cuenta de eso. Yo siempre digo que soy uruguaya, porque un país tan diminuto se merece ese pequeño homenaje. Sin embargo, muchos uruguayos se atreven a decir que no soy uruguaya solo por el hecho de que me fui de mi país de origen a los 12 años. Es un fenómeno muy particular, digno de mejor análisis”.

-Se la ve siempre dispuesta a sonreír… ¿el sentido del humor es muy importante para usted?

“Es fundamental, si no, no podría vivir. No sé quién dijo que esta vida es demasiado seria como para tomársela en serio…”.