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Chute de acción – Por Fran Domínguez

Abróchate el cinturón, colócate bien en la butaca y contén la respiración. El remake o la nueva revisitación del universo posapocalíptico -y ochentero- de Mad Max, o como lo quieras llamar, se puede resumir de ese modo. El filme, que lleva por título Mad Max: furia en la carretera, dirigido por el mismo realizador de las tres anteriores entregas de esta saga, el australiano George Miller, lo que resulta toda una garantía -mejor siempre el padre de la criatura para estas cosas-, es un verdadero chute de acción y de velocidad de principio a fin, en un viaje de ida y vuelta por el inmenso desierto en que se ha convertido la Tierra.

Miller ha conseguido sublimar la esencia de una road movie, con vehículos imposibles en una carrera polvorienta en pos de la supervivencia de unos pocos que buscan dotar de algo de humanidad a un mundo que la ha perdido. Max Rockatansky, el héroe solitario y esquivo, sumido en sus propias diatribas, tiene aquí el rostro del británico Tom Hardy (el inquietante Bane de El caballero oscuro: la leyenda renace), mucho más lacónico en su prosa que Mel Gibson, el Max original, pero mucho más resolutivo en su vertiente. Sin embargo, Max está casi en un segundo plano, eclipsado por la verdadera protagonista de esta película, Imperator Furiosa, papel que encarna una incomensurable -y con un solo brazo- Charlize Theron, la rebelde que desata la endiablada huida de los dominios del temible Immortan Joe (Hugh Keays-Byrne) y sus fanáticos guerreros motorizados tras llevarse a las jóvenes a las que tiene sometidas y que les proporcionan descendencia sana. Miller no se detiene ni un instante en contarnos los detalles argumentales, nos revela la trama mientras asistimos a una apasionante persecución a un ritmo frenético, componiendo un auténtico subidón trufado de adrenalina y de instantes grotescos, como algunos de los personajes. Solo un pero, no habría estado mal un pequeño parón, más que nada para respirar… Ah, y una pizca de humor, que siempre viene bien.