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La violencia y el fútbol base

El rincón de Calero

Lo que ha sucedido en algunos partidos de fútbol base en los últimos tiempos ha encendido las alarmas en contra de la violencia aunque sé que la mayoría de los equipos está haciendo lo indecible por erradicar estos modales tan alejados de lo que entendemos por deporte, y se esfuerzan por educar a los niños, me consta, para que incorporen a la normalidad el trato amable con los compañeros, sean del mismo equipo o del conjunto contrario. Y esta invitación a la cordialidad la pude observar una vez más, hace unos días,en nuestro deporte, en una luchada televisada por la 2 de TVE en Canarias desde Tegueste, con puntales que rondaban los dos metros de altura y pesaban más de cien kilos, un ejemplo que debe extenderse a otros deportes y a los que se sientan en las gradas. Porque en todo momento se mantenía a la vista la cordialidad entre los luchadores que caían a la arena y los que se mantenían en pie con una mansedumbre total, con gestos rituales que no dejaban espacio a la violencia. Porque la violencia es un detestable gusano que se interna en los modos de vida, toma forma en una inesperada discusión, se enfunda un rostro sórdido cuando es azuzada con aromas de alcohol durante las comidas o en la sobremesa; se transforma y se asoma tristemente en las caras de la droga y aplasta el diálogo sin retorno posible. Es amiga íntima de la soberbia y la altanería. No respeta nivel cultural, la posición económica o social. La violencia, verbal o física, se esconde tras un muro amargo y pone semillas malolientes con habladurías en el puesto de trabajo, en la familia o en los lugares de ocio. La violencia espera en el límite de las palabras, señala la frágil frontera del lenguaje. Es una extensión del odio y de la animalidad.

Y si se asoma al deporte, y más a algo tan inocente como el fútbol base, en forma de grito, de insulto como antesala a la agresión, ya sabemos lo que puede suceder. Y si reprochamos los gestos violentos de los espectadores desde el graderío, el campo de fútbol debe ser ejemplo y espejo de cordialidad absoluta entre los jugadores profesionales, en medio de esta cultura de ganadores de concursos absurdos que nos abruma, con este fútbol impecable de video juego que practican los que están encaramados eternamente en los primeros puestos de Primera. Un fútbol que incita al tedio y a ganar siempre, a no perder jamás porque el perder se asocia con el fracaso y no con el aprendizaje. Existe una matraquilla constante de ciertos padres, una borrachera en busca del éxito que convierte a los niños que practican fútbol, y otros deportes, en proyecciones de los mayores, que desean ver a sus hijos en las portadas de los periódicos deportivos, en la élite. Y eso no tiene nada de malo, lo que es inadmisible es que olvidemos que solo son niños que juegan a pasarlo bien, que apenas se fijan en el resultado, y los adultos nos empeñamos en contagiarles la ansiedad de la competencia como único lenguaje y a ver al otro como un enemigo dentro y fuera del terreno de juego.