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Escrito a mano y de pie – Por Carmelo Rivero

El poeta del amor, de la amada Delia, la novia-esposa de toda la vida, deja una obra extensa, de escasa atención, sin embargo, por parte de la crítica, pese a tratarse de una de las voces más sugerentes de la poesía del último medio siglo en Canarias. La de Carlos Pinto Grote es una obra escrita a mano y de pie, como él mismo proclamaba, porque esa era la artesanía y liturgia de un estilo protegido en la intimidad de su taller. Ganar tiempo a la muerte no era el caso, tratándose de un psiquiatra que prefería dejarse contagiar de la locura para entender el mundo que se le escapaba de las manos de la mente, un mundo, como decía Alberto Pizarro, que era “el espacio supremo donde la palabra es al mismo tiempo nombre y mensaje”. El poeta era un enamorado del simbolismo de la isla, vivía en una ciudad de poetas (los poetas regionalistas laguneros), era hijo de poeta, y era un médico poeta, un poeta enterizo, que se jubiló de la medicina a la edad reglamentaria para dedicarle todo el tiempo cuesta abajo a la libertad de la poesía. Así vivió, diríase, más de un cuarto de siglo yendo por los pueblos a recitar versos con los jóvenes músicos y poetas Rubén Díaz y Fernando Senante, y a dejar que sus nietas pasaran al ordenador sus composiciones manuscritas sin doblar la rodilla. Carlos Pinto era un hombre de izquierda, íntegro, que miraba la política de reojo, y a veces se metía en ella hasta el corvejón. Por eso lo procesó el Tribunal de Orden Público y su amigo del alma era Pedro Lezcano (los dos poseían el Premio Canarias). A tal punto que tras la muerte de este dejó de viajar a Las Palmas.

No tenía miedo a morir, porque decía que “la muerte hay que vivirla”, y dejó escrito que si en los otros has vivido/vives/mientras los otros vivan. Así vivió como un bon vivant inglés, fumando en pipa, amando a Delia hasta el último suspiro, con la mística de Juan Ramón Jiménez, en la noche eterna de Rilke. Elegante poeta perenne, que en una calentura de isleño, como dicen en Cuba, escribió Llamarme guanche. Hijo de los volcanes y las lavas. Llevar la frente alta. Tener el corazón hecho de libertades. En eso consistía ser Carlos, Pinto y Grote.